El Hexágono de Invierno

Suele ocurrir que las mejores sesiones de astronomía son aquellas que nos pillan por sorpresa, sin preparación. Esa fría noche la meteorología no prometía demasiado y me acerqué a mi observatorio de Àger únicamente para lidiar con monturas, ordenadores y programas informáticos. Cacharreo habitual e interminable para ajustar el equipo.
Tanto ajetreo tecnológico me obligó a tomar un respiro, que consistió en salir fuera del observatorio a descansar mientras comía algo. Inevitablemente, alcé la vista y me pareció que el cielo estaba bien, pero aún era pronto para emitir un veredicto; la pantalla del ordenador había hecho estragos en mis ojos. Esperé, y al cabo de unos minutos se confirmó la sospecha: el cielo estaba imponente. Tocaba cambiar de planes.
Hacía viento, el termómetro ya marcaba cero grados y había poca humedad: en resumen, una noche diáfana y cristalina, transparente a rabiar, de esas que la Vía Láctea se nos presenta como granulada, pero con una turbulencia espantosa que hacía que las estrellas bailaran «Cha, cha, cha».
En esas condiciones lo más sensato era dejar el equipo fotográfico trabajando a baja resolución, en modo Gran Campo, mientras que en visual opté por observar a ojo desnudo, luego de quedarme embobado con el espectáculo que ofrecía el Hexágono de Invierno.
Me puse cómodo: sentado en una silla, enfundado de ropa y con una bolsa de palomitas para ir picando. Apenas unos pequeños movimientos de cabeza eran necesarios para contemplar la gran parcela de firmamento que se mostraba ante mí. La verdad, en ese momento me sentí como en el cine. En el ordenador sonaba música tranquila a modo de banda sonora.
Sonó la claqueta: empezaba la sesión.
Plano general contrapicado del Hexágono (delimitado por Capella, Pollux, Procion, Sirius, Rigel y Aldebaran, ahí es nada) que salió a escena como un asterismo de grandes dimensiones y de gran belleza. Sus luminarias centelleaban intensamente y le otorgaban un papel protagonista sin paliativos, a lo Clark Gable o Ava Gardner.
El cameraman hizo un zoom centrado en Auriga, la constelación de los triángulos, como la apodaba en mi infancia. Al lado de la espléndida Capella era visible uno de ellos, el que dibujan ε, η, ζ, y en el extremo occidental de la constelación, su réplica a la inversa secundando la estrella θ y trazado por ν, τ, υ. Prosiguió el film recorriendo zonas con más triángulos de características similares (los actores secundarios de la noche).
Seguidamente un travelling me condujo a M 38, grande y difuso cúmulo, cercano a una zona más rica de estrellas. Le siguió M36, más concentrado y pequeño, para luego dejar en pantalla a M 37, que en visión lateral me lo puso más difícil a pesar de ser más brillante sobre el guión que sus compañeros de reparto.
La película iba adquiriendo un extraño argumento geométrico y de retorno a la infancia.
La acción continuó en sentido contrario a las agujas del reloj, dirección a Géminis. En medio del camino se cruzó un curioso rombo, a modo de «extra», delineado por un grupo de estrellas llamadas ψ: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7…
Mientras Castor y Pollux lucían con elegancia sus respectivos maquillajes azul y rojo, la cámara se dirigió en picado oblicuo hacia el centro del hexágono, donde se podía ver a M35, sito al final del pie del hermano azulado. El cúmulo se discernía sin problemas y se volvía enorme en visión lateral. Volvieron recuerdos de la infancia cuando imaginaba que los gemelos tenían hambre porque el rectángulo que forma sus cuerpos se me aparecía como un gran vacío.
El siguiente fotograma me mostró a Canis Minor, no sin antes incluir en el decorado al cercano Pesebre. En los dominios del pequeño perro, Procion lucía amarillenta, y en su lado opuesto otro triángulo, trazado por β, γ, ε, idéntico y al revés del que se puede ver en la cabeza de Orion. Un calco.
Transcurría la sesión entre palomita y palomita, ahora ya camino de Canis Major. Sirio era un espectáculo de luces bailando al ritmo de la atmósfera. ¿De qué color era? Me vinieron a la mente los dogón de Mali y los egipcios. Al sur de la estrella más brillante del firmamento esperaba su entrada en escena M 41, el primer objeto de cielo profundo que vi con ayuda óptica. Muy asequible esa noche a simple vista al lado también de otro triángulo en su flanco oriental. El largometraje seguía retrotrayéndome a la infancia y rememorando figuras geométricas que en su día tuvieron más eco en mi forma de entender el cielo que las propias constelaciones.
Se acercaba el desenlace de la película: Orion. La ambientación era ideal y el atrezzo impecable. La silueta del cazador parecía no dibujada al azar, emanando orden y armonía, de una perfección inmutable que rallaba lo eterno, como si siempre tuviera que estar allí, de esa forma. Otra vez antiguas culturas acudieron a mi mente: Sumeria, Acadia y de nuevo Egipto… No es de extrañar que todas ellas se sintieran fascinadas por los cielos. Ahí estaban Rigel, Betelgeuse, el cinturón y la espada con su pequeña neblina en el centro, una escena que me cortó de nuevo el aliento. Llegados aquí, me hubiera gustado preguntarle al de al lado: ¿quién es el director de tan magnífico estreno?
El arco del cazador pasó ante mis ojos y me condujo al final de la sesión cinematográfica, Taurus, la V de mi infancia. Primer plano de Aldebaran, que interpretaba un personaje más pálido y anaranjado que Betelgeuse y que aparecía rodeado por una magnífica coreografía realizada por las Híades. Un poco hacia el oeste estaban las Pléyades, que reclamaban también su merecido papel protagonista.
Fin, con un zoom inverso hasta llegar a una panorámica integral del Hexágono de Invierno. Una región celeste que tras la sesión se me antojó más interesante a simple vista que al telescopio.
Id a verla, sigue en cartelera.

© Eduard Garcia Ribera

Comments are closed